Habermas encontra-se entre os autores que defendem que a crise dos partidos social-democratas (centro-esquerda) se deve a que não se distinguem, não se diferenciam (suficientemente) dos postulados do "neoliberalismo". E que, portanto, as pessoas não sabem por que hão-de votar neles. Não há forças de esquerda na Europa que defendem uma ambição de um euro suficientemente forte para actuar à escala mundial, combater a evasão fiscal ou regular os mercados financeiros.
São as diferenças entre economias, as diferentes percepções nacionais da origem do colapso de 2008 e suas terapias, da inexistência de uma opinião pública europeia que impediu os alemães, por exemplo, de terem uma noção de uma catástrofe social a Sul que gera os populismos de direita - por exemplo, na Alemanha, a AfD lançada por ocasião da questão da mutualização das dívidas -, que não radicam, pois, na imigração. Enquanto a discrepância entre economias não for atenuada, alimentará o crescimento dos populismos. E a Europa pode ficar à beira da desagregação. Que ainda não surgiu porque os interesses económicos são tais que ninguém ousa sair do projecto, tais as perdas (veja-se o caso italiano). Mas medidas de blindagem do euro, em realidade, não se têm seguido as medidas políticas e económicas - orçamento europeu robusto, ministro das Finanças europeu legitimado democraticamente - que promovam uma qualidade de vida partilhada pelos vários povos europeus, promessa perdida, que havia estado na origem da criação de uma nova moeda. Concorde-se, ou não, com o que escreve Habermas permite suscitar questões suficientemente ponderosas para boas discussões do momentum europeu:
Me
han pedido que hable de “Nuevas Perspectivas sobre Europa”, pero no consigo pensar en ninguna, y la descomposición de estilo trumpiano
que está afectando incluso al corazón de Europa me obliga a poner en tela de
juicio las que tenía. Desde luego, la sociedad ha tomado conciencia de los
riesgos que implican los grandes cambios en la situación mundial, que han
alterado las perspectivas sobre Europa y han obligado a prestar más atención a
un contexto mundial en el que, hasta ahora, los países europeos se sentían casi
incuestionablemente a gusto. En todos
los países de Europa está generalizándose la idea de que los nuevos retos
afectan a todos de la misma forma y, por tanto, la mejor manera de superarlos
es juntos. Esta conclusión, sin
duda, impulsa el vago deseo de contar con una Europa políticamente eficaz.
Por
eso, hoy, las élites políticas liberales proclaman con más fuerza que hay que progresar en materia de cooperación
europea en tres ámbitos: en el apartado de la política exterior y de defensa,
exigen un refuerzo militar que permita a Europa “salir del
paraguas de Estados Unidos”; bajo el lema de una política europea común de asilo,
exigen una firme protección de las fronteras exteriores de Europa y el
establecimiento de unos turbios centros de recepción en
el norte de África; bajo el eslogan del “libre comercio”, quieren defender una política comercial europea
común tanto en las negociaciones del Brexit como
en las negociaciones con Trump. No sabemos aún si la Comisión Europea,
responsable de dichas negociaciones, tendrá éxito, ni si, en caso de que no lo
logre, los intereses comunes de los Gobiernos de la UE se vendrán abajo. Pero
este es el lado prometedor de la ecuación. El otro es que el egoísmo de la
nación-Estado sigue vivo, e incluso más consolidado, gracias a las engañosas
reflexiones la nueva internacional populista de extrema derecha
El cortoplacismo nacionalista
Los avances de las conversaciones sobre
una política común de defensa y una política de asilo, que una
y otra vez se desmoronan al hablar de
repartos, demuestran que los Gobiernos
dan prioridad a sus intereses nacionales inmediatos, sobre todo cuantos
más problemas tienen con la resaca del populismo de
derechas en sus respectivos países. En algunos, ni siquiera
importan ya las contradicciones entre las huecas declaraciones europeístas y un
comportamiento miope y egoísta. En
Hungría, Polonia y la República Checa, y ahora en Italia, y muy
pronto en Austria, seguramente, esa vieja tensión se ha evaporado, sustituida por el nacionalismo
abiertamente eurófobo. Esta situación suscita dos preguntas.
¿Cómo es posible que, en el último
decenio, la contradicción entre la vieja palabrería proeuropea y la obstrucción
de la cooperación necesaria haya llegado a este extremo? ¿Y cómo se mantiene todavía la eurozona,
a pesar de que, en todos los países, está en aumento la oposición populista de
derechas a “Bruselas” y, en el corazón de Europa, en uno de los seis países
fundadores de la Comunidad Económica Europea, incluso gobierna una alianza de
populistas de izquierdas y de derechas con un programa antieuropeo común?
En
Alemania, desde septiembre de 2015, la cuestión de la inmigración y la
política de asilo domina los medios y preocupa a la población
en detrimento de todo lo demás. Esa obsesión
permite tal vez dar una respuesta rápida a la pregunta sobre la causa
fundamental de la creciente ola de euroescepticismo, que, además, está
corroborada por algunos datos en un país que aún es víctima de las divisiones psicopolíticas provocadas por
una reunificación desigual. Ahora bien, si examinamos Europa en su
conjunto, y especialmente la eurozona en su totalidad, el aumento de la inmigración no puede ser el factor principal que
explique el ascenso del populismo de derechas. En otros países, el giro de la opinión pública se produjo mucho
antes, tras la controvertida política para superar la crisis de la deuda
soberana provocada por la crisis del sector bancario. En Alemania, como es sabido, el
partido AfD nació por iniciativa de un grupo de economistas y
empresarios en torno al profesor de Economía Bernd Lucke, gente que temía que
la posible “unión de deudas” acabara siendo una trampa para uno de los
principales países exportadores y que puso en marcha una amplia, polémica y
eficaz campaña contra la amenaza de la sindicación de la deuda. Hace unas semanas, el décimo aniversario de la quiebra de
Lehman Brothers sirvió para recordar los argumentos sobre las
causas de la crisis —¿fue un fallo del mercado o del Gobierno?— y la política
de la devaluación interna forzosa. En otros Estados miembros de la eurozona,
este debate tuvo mucha repercusión en la opinión pública, pero aquí, en
Alemania, tanto el Gobierno como los medios le quitaron importancia.
“El egoísmo de la nación-Estado sigue vivo gracias a
la nueva internacional populista de extrema derecha”
Alemania, a solas
En el debate
internacional entre los economistas, las voces más críticas contra las políticas de austeridad impulsadas
por Schäuble y Merkel, que fueron sobre todo anglosajonas, tuvieron
poco eco y escasa valoración en las páginas de economía de los principales
medios alemanes, igual que tampoco las de política prestaron mucha atención a
los costes sociales y humanos de esas políticas, y no solo en países como Grecia y Portugal. En algunas regiones europeas, la tasa de
desempleo está todavía casi en el 20%, y la tasa de paro de los jóvenes es casi
el doble. Si a los
alemanes nos preocupa hoy la estabilidad democrática en nuestro país, debemos
recordar también la suerte de los llamados “países rescatados”: es un escándalo
que, en la casa sin terminar de la Unión Europea, una política tan draconiana,
que tanto afectó a la red de bienestar social de otros países, careciera de la
legitimidad más básica, al menos en comparación con nuestros criterios
democráticos habituales. Y
esa es una herida aún abierta en muchos pueblos de Europa. Dado que, en la UE, la opinión pública
política se forma exclusivamente dentro de las fronteras nacionales y que esas
opiniones de distintos Estados no están todavía a disposición unas de otras,
durante estos 10 años se han consolidado relatos contradictorios sobre la
crisis en los diferentes países de la eurozona. Esos relatos han envenenado gravemente el clima
político, porque cada uno llama la atención sobre sus propios
problemas nacionales e impide tener esa perspectiva común sin la que es
imposible llegar a la mutua comprensión, ni mucho menos afrontar los peligros que
nos amenazan a todos y tener la perspectiva de una política proactiva capaz de
abordar los problemas comunes con una mentalidad de cooperación. En Alemania, este tipo de
ensimismamiento se refleja a la hora de analizar los motivos para la falta de
espíritu de cooperación en Europa. Me asombra el descaro del Gobierno alemán
cuando cree que puede convencer a sus socios sobre las políticas que nos
importan a nosotros —refugiados, defensa, política y comercio exterior— al
tiempo que bloquea la cuestión fundamental de la culminación política de la
Unión Económica y Monetaria (UEM).
“La decadencia de los partidos socialdemócratas se
debe a su indefinición. Nadie sabe ya para qué son necesarios”
Dentro
de la UE, el círculo de los países pertenecientes a la unión monetaria tiene
tal grado de interdependencia que ha cristalizado en un núcleo central, aunque
solo sea por razones económicas. Por consiguiente, los países de la eurozona serían, si se
me permite expresarlo así, los voluntarios naturales para marcar el ritmo en un
proceso de mayor integración. Por otra parte, ese mismo grupo de países
sufre un problema que amenaza con perjudicar todo el proyecto europeo:
nosotros, en particular los que vivimos en una Alemania en pleno auge
económico, estamos olvidándonos de
que el euro se creó con la expectativa y la promesa política de que los niveles
de vida de todos los Estados miembros se aproximarían, mientras que, en realidad, ha sucedido
todo lo contrario. Nos
olvidamos del verdadero motivo de que no exista un espíritu de cooperación que
es hoy más urgente que nunca: el hecho de que ninguna unión monetaria puede
sobrevivir a largo plazo si cada vez es mayor la diferencia entre las economías
nacionales y, por tanto, entre los niveles de vida de los ciudadanos en los
distintos Estados miembros. Aparte de que hoy, después de una
modernización capitalista acelerada, también tenemos que hacer frente al malestar por las profundas
transformaciones sociales, me parece que los sentimientos antieuropeos
que propagan los movimientos populistas de izquierdas y de derechas no son un
fenómeno derivado del nacionalismo xenófobo actual. Estos sentimientos euroescépticos tienen
distintos orígenes, relacionados con el fracaso del propio proceso de
integración europea, y nacieron ya antes de los recientes esfuerzos populistas
de avivar las reacciones xenófobas como respuesta a la inmigración.
En Italia, el euroescepticismo es el único eje
que tienen en común el populismo de derechas y el de
izquierdas, es decir, dos bandos ideológicos que están profundamente divididos
en cuestiones de “identidad nacional”. Al margen del problema de la
inmigración, el euroescepticismo puede apelar a la percepción de que la unión
monetaria ha dejado de ser lo mejor para todos sus miembros. El sur de Europa contra el norte, y viceversa: los “perdedores”
consideran que han recibido un trato injusto y los “ganadores” rechazan las
exigencias de la otra parte.
El plan de Macron
En
realidad, el rígido sistema normativo
al que están sometidos los Estados miembros de la eurozona, sin que haya unas
competencias compensatorias ni margen para abordar de forma conjunta y flexible
los problemas, es una situación que beneficia a los miembros con economías más
fuertes. Por consiguiente, lo
verdaderamente importante, en mi opinión, no es una vaga postura “a favor” o
“en contra” de Europa. Por detrás de esta burda polarización sin matices, a los
supuestos amigos de Europa hay que seguir planteándoles un interrogante tácito
del que nadie se ha ocupado hasta ahora, pese a que es la verdadera línea
divisoria: si, con una unión monetaria que funciona en condiciones mejorables,
debemos limitarnos a “blindarla” contra el peligro de más especulación o si
debemos aferrarnos a la promesa incumplida de desarrollar la convergencia
económica en la eurozona y, por tanto, convertir la unión monetaria en una
unión política europea proactiva y eficaz. Esta fue la promesa política ligada a la creación de la UEM. La propuesta de reformas de Emmanuel
Macron da el mismo valor a ambos objetivos: por un lado,
salvaguardar cada vez más el euro con ayuda de las conocidas propuestas de
crear una unión bancaria, el régimen de insolvencia correspondiente, un fondo
común de garantía de depósitos para los ahorros y un Fondo Monetario Europeo
controlado democráticamente en el ámbito de la UE. Es sabido que, pese a sus
declaraciones poco concretas, el Gobierno alemán ha impedido que se dieran más
pasos en esta dirección y se ha resistido a todas estas medidas. Pero Macron
también propone la creación de un presupuesto para la eurozona, que iría
acompañado de competencias de acción política —a las órdenes de un “ministro europeo
de Finanzas”—, controladas democráticamente. Para la UE podría
suponer la recuperación de poder político y respaldo popular, al instaurar unas
competencias y un presupuesto que le permitirían llevar a cabo programas con
legitimidad democrática que impedirían un mayor alejamiento económico y social
entre los Estados.
“Incluso para los defensores de un euro del norte, los
peligros que entrañaría la separación del sur son incalculables”
Curiosamente, esta
alternativa fundamental entre el objetivo de estabilizar la moneda única y
llevar a cabo una serie de políticas para contener y reducir los desequilibrios
económicos no se ha sometido todavía a un debate político de gran dimensión. No hay una izquierda europeísta que
defienda la construcción de una unión del euro capaz de actuar a escala mundial
y se plantee objetivos de largo alcance como acabar con la evasión fiscal e
imponer una regulación más estricta de los mercados financieros. Si lo
hicieran, los socialdemócratas podrían, para empezar, apartarse de los
enrevesados objetivos liberales y neoliberales del “centro”. La decadencia de los partidos
socialdemócratas se debe a su indefinición. Nadie sabe ya para qué son necesarios.
Porque los socialdemócratas ya no se
atreven a emprender el control sistemático del capitalismo justo en el nivel en
el que los mercados se desmandan. Y
no es que me preocupe especialmente la suerte de una familia política concreta,
aunque no debemos olvidar jamás que la evolución de la democracia, en Alemania,
está más vinculada históricamente al SPD que a ningún otro partido. Lo
que me preocupa, más en general, es el fenómeno no explicado de que los
partidos políticos establecidos en Europa no quieran o no sepan construir
programas en los que queden inequívocamente diferenciadas unas posiciones y
opciones que son cruciales para el futuro del continente. Las próximas
elecciones europeas van a ser un experimento en este sentido.
Por un lado, Macron,
cuyo movimiento no está todavía representado en el Parlamento Europeo (PE), está
tratando de romper los grupos políticos actuales para construir una facción
proeuropea reconocible. Por el contrario, todos los grupos que sí están
representados en el PE, con la clara excepción de la extrema derecha
antieuropea, están plagados de divisiones internas, incluso más allá de las
diferenciaciones necesarias. No todos los grupos se permiten unos equilibrios y
malabarismos como los del Partido Popular Europeo, que sigue permitiendo la
afiliación del primer ministro húngaro, Viktor
Orbán. La actitud
y la conducta de Manfred Weber, miembro de la CSU y aspirante a la presidencia
de la Comisión, desprenden una ambigüedad muy típica. Pero los grupos liberal,
socialista y de la izquierda tienen divisiones similares. Los Verdes quizá
tienen una postura más o menos clara de tibio compromiso con Europa. En
resumen, incluso dentro del PE, que, en teoría, debe crear mayorías en defensa
de los intereses de la sociedad por encima de las fronteras nacionales, el
proyecto europeo ha perdido toda su intensidad.
Atrapados
En
definitiva, si me preguntan, no como ciudadano sino como observador académico,
cuál es mi valoración general, reconozco
que no veo muchas señales que permitan ser optimistas. Por supuesto, los intereses económicos son tan
evidentes y tan poderosos —a pesar del Brexit— que parece poco probable que la eurozona se venga
abajo. Y ahí está
implícita la respuesta a mi segunda pregunta: por qué se mantiene la eurozona.
Incluso para los defensores de un euro del norte, los peligros que entrañaría
la separación del sur son incalculables. Y en cuanto a la posibilidad
de separación de un Estado del sur, acabamos de ver el caso del Gobierno
italiano actual, que, pese a sus ruidosas e inequívocas declaraciones durante
la campaña electoral, se ha
apresurado a ceder, porque una de las consecuencias visibles de
marcharse sería encontrarse con una deuda insostenible.
Claro que eso tampoco es muy alentador. Asumámoslo: si persiste la aparente relación entre el distanciamiento económico
de los miembros de la eurozona y el fortalecimiento del populismo de extrema
derecha, nos encontraremos en una trampa que podrá erosionar todavía más las
condiciones sociales y culturales necesarias para la existencia de una democracia
vital y segura. Esta no es más que una hipótesis pesimista,
desde luego. Pero la experiencia y el
sentido común nos dicen que el proceso de integración europea está en una
deriva peligrosa. El punto en el que no hay vuelta atrás no se ve hasta que es
demasiado tarde.
Jurgen Habermas, ElPais, 18-11-2018
Este texto es una versión resumida de un discurso
pronunciado en la reunión sobre “Nuevas perspectivas para Europa” en el Colegio
de Humanidades de la Universidad Goethe de Fráncfort, en Bad Homburg, el 21 de
septiembre de 2018. Traducción del inglés de María Luisa Rodríguez Tapia
Sem comentários:
Enviar um comentário